¿Y ahora qué?

Señor Presidente:

Las sociedades son inteligentes y tienen sentimientos. Ellas esperan, asimilan y reaccionan. Lo sucedido la noche del 9 de septiembre no es solo la respuesta al asesinato de uno de sus miembros; es la obvia consecuencia de la indolencia y malas decisiones de una clase gobernante que históricamente ha creído que esta comunidad es insensible, indiferente y pasiva. Es lamentable que la tragedia de anoche no sea nueva. 
La ciudadanía ha visto cómo en distintos momentos la policía ha respondido con exceso de fuerza y abuso: nos referimos al Paro Nacional Agrario del 2012, a las protestas indígenas en el Cauca, al Paro Nacional a finales del año pasado, entre otras. 

“La violencia no se combate con violencia” es el decir que hoy se utiliza, pero cuando un cuerpo es golpeado, no se alimenta bien, se degrada y vilipendia tiene que reaccionar. Eso es legítima defensa. No es momento de atizar la hoguera, pero sí de analizar estos acontecimientos. Los abusos policiales le han arrebatado la vida a cientos de personas. Dilan y Javier no son los únicos. Un cuerpo policial que no cuenta con la confianza ciudadana para cumplir con sus funciones constitucionales pierde toda la legitimidad.

Es así que los jóvenes se sienten desesperanzados y solos; hacen preguntas que el Estado no sabe resolver; gritan, pero nadie los escucha; callan y los obligan a gritar. Por su parte, los campesinos desilusionados se sienten traicionados cuando ven que sus tierras, esas que llaman baldías, no serán suyas sino de empresas que los contratarán como jornaleros. Y las familias se destrozan con madres que ven sufrir a sus hijos y padres que prefieren suicidarse antes que vivir en este incomprensible país. Todos ellos, gente sin esperanza en el futuro; mientras hay ricos que son más ricos y seres que son menos seres por estar motivados únicamente por aquello que se traduce en dinero.

Señor presidente, la arrogancia y la nefasta convicción de que nada pasará porque se es poderoso son malas consejeras. Es tiempo de encausar el rumbo y dejar que su corazón, desprevenido y exento de cualquier sentimiento de altivez, le hable. Es el momento de que usted entienda que hay sufrimiento y dolor que se pueden convertir en rabia y violencia. No en vano, la noche del 9 de septiembre de 2020 quedará en la memoria de las colombianas y colombianos como una de las jornadas más trágicas a las que el país ha asistido.

Presidente, asuma usted el gobierno de este país y convoque a sus amigos y enemigos. Es mejor una democracia inclusiva que dialogue y encuentre soluciones, que una de partidos amigos, que solamente adulan y no dejan ver el rumbo.
Presidente, el pueblo manda; hable con él y encontrará la solución.

Tunja, 10 de septiembre de 2020.

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